Creamos que los vampiros no existen

Dom Augustine Calmet (1672-1757) fue un monje benedictino francés, connotado exégeta de la Biblia. Desconozco si se dedicó también – como muchos de sus colegas – a fabricar dulces y licores, lo que sí hizo fue escribir un peculiar tratado, llamado “Dissertations sur les Apparittions des Anges, des Demons et des Espirits, et sur les Revenants, et Vampires de Hongrie, de Boheme, de Moravie, et de Silesie”. Este catálogo de criaturas sobrenaturales caería años más tarde en las manos de un joven médico -elegido su médico personal por Lord Byron- John William Polidori.

Durante una de sus estadías en Ginebra, en la Villa Diodati ocurrió uno de esos acontecimientos que, afortunadamente, pasan a la historia. Los personajes son el propio Lord Byron, Polidori, el poeta Percy Shelley, su esposa Mary W. Shelley, la hermanastra de ésta Claire Clairmont, la condesa Potocka y el escritor Matthew Lewis (quien había escrito El Monje, en 1795).

La noche del 17 de junio de 1816 resolvieron que cada uno escribiría un cuento de terror y allí Mary Shelley esbozó nada menos que Frankenstein. Pero Polidori no se quedó – muy – atrás, de su pluma (y bien empleado el término) salió El Vampiro, que publicaría en 1819 y para lo cual se basó en el tratado de Calmet (cuyo título no voy a repetir).

Así que ahí vamos, con uno de los primeros famosos vampiros de la literatura occidental, producto de una de las noches más extrañas de la historia de la literatura.

Quiero completar esta arbitraria trilogía vampírica con Carmilla, de Sheridan Le Fanu, publicado en 1872 y – por supuesto – con “e pluribus, unum”, el padre de todas las batallas, Drácula de Bram Stoker y publicado en 1897.

La historia reciente es más conocida, Hollywood y los productores de series de TV se hicieron cargo del asunto y hoy en día tenemos vampiros de toda laya, algunos de ellos incluso son héroes románticos adorados por adolescentes ídem, que siguen sus sagas con fervor de hinchadas de fútbol.

Los vampiros han coexistido con los humanos desde tiempos inmemoriales, no sólo en la literatura sino – antes inclusive – en mitos y leyendas. Tanto es así que no poca gente, aún hoy, está convencida de su existencia, más allá del papel y del celuloide.

Quienes seguro no creen en ellos son Costas Efthimiou, físico teórico de la University of Central Florida (UCF, Orlando) y Sohang Gandhi, también físico de la misma universidad.

Ambos científicos publicaron un paper el 27 de agosto de 2007 con el título “Cinema Fiction vs Physics Reality. Ghosts, Vampires and Zombies” (Ficción Cinematográfica versus Realidad de la Física. Fantasmas, Vampiros y Zombis) y apelando a las matemáticas y – tangencialmente – al llamado Principio Antrópico (la vida es la medida de todas las cosas) demostraron, ciencia en mano, que los vampiros no existen, ni han existido jamás.

Supongamos, dicen ellos, que el primer vampiro hubiese aparecido en el año 1600 de nuestra era. Según registros conocidos para el 1º de enero de 1600 la población de la Tierra era de 536.870.911 seres humanos…y un vampiro (a los efectos de nuestro relato). Para simplificar el análisis decidieron no tomar en cuenta la tasa de natalidad ni de mortalidad de los humanos (la tasa de mortalidad no atribuida a los vampiros) y decidieron que cada vampiro sólo se alimente de un humano por mes, obviamente convirtiéndolo a su vez en un nuevo vampiro.

El 1º de febrero de 1600 un humano habrá muerto y un nuevo vampiro habrá nacido, esto significa 2 vampiros y (536.870.911-1) humanos. El 1º de marzo de 1600 habrá dos vampiros hambrientos y dos humanos muertos, es decir dos nuevos vampiros, esto nos da 4 vampiros y (536.870.911-3) humanos. El 1º de abril de 1600 tendremos 4 vampiros hambrientos, 4 humanos muertos y, por ende, 4 nuevos vampiros, o sea 8 vampiros y (536.870.911-7) humanos.

¿Vemos hacia dónde vamos?

Cada mes el número de vampiros se duplica, merced a una progresión conocida en matemáticas como progresión geométrica: el número de vampiros se incrementa geométricamente y el número de humanos decrece también geométricamente.

Puesto en números sería algo así:

Mes 1 = 1 vampiro, 536.870.911 humanos.

Mes 6 = 32 vampiros, 536.870.880 humanos.

Mes 15= 16.384 vampiros, 536.854.528 humanos.

Mes 20 = 524.288 vampiros, 536.346.624 humanos.

Mes 26 = 33.554.432 vampiros, 503.316.480 humanos-

Mes 29 = 268.435.456 vampiros, 268,435.456 humanos.

Mes 30 = 536.870.912 vampiros, 0 humanos.

Para que quede más claro, a los dos años y medio desde que el primer vampiro comenzara a alimentarse (de nosotros), ya no quedaría ningún ser humano vivo en el mundo, y conste que estamos hablando de vampiros casi anoréxicos (con una dieta de un humano por mes).

Por lo tanto, concluyen los autores, los vampiros no pueden existir dado que su existencia contradeciría la existencia de los seres humanos. Apelando al Principio Antrópico, si algo es necesario para la existencia humana entonces debe ser cierto, dado que existimos. En este caso, la no existencia de los vampiros es necesaria para nuestra existencia.

Por cierto, de todas maneras hagamos como que no, sentados en el cine hagamos como que ellos existen, leyendo un libro tratemos de no evitar mirar con recelo para atrás al escuchar un casi imperceptible ruido. Sigamos sintiendo ese frío correr por nuestro cuerpo al recordar las palabras del Conde Drácula cuando recibe a Jonathan Harker en su castillo “Bienvenido a mi casa. ¡Entre con libertad y por su propia voluntad!

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Dioses

Hace 32 mil años el hombre creó a Dios. Ocurrió en lo que hoy es Alemania, tal vez al aire libre o tal vez en una cueva, pero no en un templo. Un antiguo homo sapiens esculpió una estatuilla que no representaba a ninguno de los suyos ni tampoco a un animal; nuestro antepasado dio forma, en un trozo de marfil, a un ser que no existía sino tan sólo en su imaginación: cuerpo humano y cabeza de león. El primer Dios conocido de nuestra especie y el primero de Su especie.

Algunos Errores nos dejan helados

“La poca prudencia de los hombres les hace emprender cosas cuyo buen sabor inicial les impide percibir el veneno que hay debajo”. Seguramente Nicolás Maquiavelo no estaba pensando en la historia que les voy a contar cuando puso en boca de su Príncipe esa frase, no obstante ilustra sabiamente un aspecto del comportamiento humano que, por su perseverancia a través de los siglos, pone bien en duda nuestra condición de “homo sapiens”.
Esto va a ser arduo, estimados lectores. Es que no tengo más remedio – y la expresión calza justo ya lo verán- que iniciar mi nota haciendo referencia a una de las materias más odiadas por – digamos – el 90 % de los estudiantes secundarios: Química. El villano de turno, un verdadero villano de grandes ligas como dirían los americanos del norte, es el MPTP, parece algún movimiento político latinoamericano pero en realidad son las siglas del 1-metil-4-fenil-1,2,3,6-tetraidropiridina, un compuesto secundario que se forma a partir de la síntesis de meperidina o heroína sintética (como muchos de ustedes seguramente ya sabían, o no). La ingestión de MPTP lleva a la destrucción de neuronas en la sustancia negra del cerebro, por lo que produce síntomas muy similares a los observados en la enfermedad de Parkinson. La sustancia negra contiene la mayoría de las células cerebrales que producen un poderoso neurotransmisor llamado Dopamina, esencial para todos los movimientos musculares (y para la sensación de placer).
Aunque, en rigor y como en las buenas novelas policiales, hay una vuelta de tuerca para nuestro villano. El MPTP podría ser inofensivo, pero cuando llega al cerebro una enzima lo convierte en MPP+, que es la fórmula de un potente herbicida el que – literalmente – fumiga a las neuronas de la sustancia negra.
La forma en que los científicos llegaron a descubrir esto, el devenir de los eventos (afortunados para algunos, desafortunados para otros) que, a la larga, permitieron importantes avances en el estudio y tratamiento del Parkinson, parece una ficción. Pero ocurrió, y fue más o menos así.
El 16 de julio de 1982 podría haber sido otro día más para el Dr., William Langston, Jefe de Neurología del Santa Clara Valley Medical Center en San José (California), de no haber sido por el ingreso de George Carrillo, tan congelado y duro como una estatua y, posteriormente, de su novia, Juanita López, igual de dura que George. En los días siguientes otros dos casos fueron reportados a unos 40 kms. de allí, dos hermanos de un poco más de 20 años; Carrillo tenía 42 y su novia andaba por los 30. Esta insistencia con las edades, verán, no es ociosa.
Algo tenían estas cuatro personas en común: eran adictos a la heroína. Con estos casos a la vista, el Dr. Langston llamó a una conferencia de prensa para advertir a la población que andaba por las calles una heroína de mala calidad, después de esta conferencia aparecieron tres nuevos casos. Los siete pacientes tenían los síntomas de la enfermedad de Parkinson en un estado avanzado, no obstante había algo que no terminaba de cuadrar, los primeros síntomas de esta enfermedad suelen aparecer luego de los 50 años y su desarrollo es lento y progresivo. Nuestros “7 magníficos” eran gente joven y, prácticamente de un día para otro, se encontraban en un estado casi irreversible.
Como estamos – en 1982 – en la infancia de Internet, el Dr. Langston demoró un poco en encontrar un antecedente similar que le permitiera entender lo que estaba sucediendo. Veremos que, como dicen por allí, el diablo está en los detalles.
En 1976 un estudiante de Química de una universidad de Bethesda (Maryland) de 23 años presentó los mismos síntomas del Parkinson avanzado luego de inyectarse una sustancia que había hecho en su laboratorio. Nuestro héroe intentaba crear una heroína (la droga, no una mujer) sintética a partir de un analgésico llamado Demerol, cuya fórmula es MPPP y claro, para hacer jugosa esta historia, se equivocó en algún paso y le salió el ya mencionado MPTP. No conforme con esto, dos años después murió de una sobredosis de cocaína, lo que sin dudas fue una mala noticia para él, aunque no tan mala para la ciencia.
La autopsia reveló que la sustancia negra de su cerebro había sido destruida por el MPTP, en realidad por su derivado, el MPP+. Los investigadores del caso reunieron todo y escribieron un paper (queda más fino en inglés, vio?) que mandaron al New England Journal of Medicine, donde fue rechazado por difusas “cuestiones técnicas”. Insistieron entonces y lo mandaron al Journal of the American Medical Association, cuyos editores pidieron que se suprimiera a alguno de los siete autores como condición para la publicación. De ninguna manera, dijeron los siete a coro. Corolario?, el trabajo fue publicado en el primer volumen de una nueva revista científica, el Psychiatry Research…de Holanda, donde evidentemente permaneció leído por pocos, si es que por alguno, hasta que fue descubierto por Langston y sus colaboradores a mediados de 1982, cuatro años más tarde. Dicho sea de paso y para darle un toque casi paródico o conspirativo al asunto, Bethesda es la sede principal del Instituto Nacional de Salud de los EE.UU (NIH). y quienes estudiaron este caso y escribieron dicho artículo eran investigadores del NIH.
Lo que sigue entonces – y para no abusar de detalles específicos – es el intenso trabajo que se llevó adelante estudiando el MPTP como herramienta para entender y tratar no sólo el caso de estos adictos – “los adictos congelados”, según el título del libro que Langston escribió luego en 1996 – sino la enfermedad en sí misma. Diseñaron un modelo animal para estudiar los efectos del MPTP y dieron paso a nuevos tratamientos para atacar el daño producido por la enfermedad. Si bien no se ha encontrado aún la cura para ese mal, el caso de los adictos congelados fue un punto de inflexión en la batalla (además de legarnos el concepto de “droga de diseño”, primera vez que se utilizó el término haciendo referencia a aquellas drogas sintéticas producidas en laboratorios y no derivadas de las plantas, como la marihuana).
Y recuerden cómo empezó todo: un joven químico adicto, para su propio provecho o para hacer un negocio, o ambas cosas, intenta desarrollar heroína sintética, pero algo le sale mal justamente en el proceso químico y da lugar a un compuesto que genera un síndrome similar a la enfermedad de Parkinson en un estadio avanzado. Unos años más tarde, en otro laboratorio clandestino, se vuelve a producir el mismo error y otras siete personas engrosan la lista de “congelados”. La ciencia y su método son una característica distintiva de nuestra especie, el homo sapiens. Pero otra de nuestras características es la del error persistente, los animales aprenden de sus errores y nosotros, los seres más racionales de la naturaleza, aún en posesión de todas nuestras facultades mentales, tomamos decisiones y cometemos errores que van en contra de nuestros objetivos y – lo que es peor aún – persistimos en esa dirección. Ejemplos de este comportamiento llenan las páginas de periódicos, los noticieros televisivos, bibliotecas (físicas y digitales) y, en general, nuestra vida cotidiana, así se escribe la historia del mundo. Es que, como decía Paul Watzlawick “los caminos errados se declaran como tales cuando uno los pasa”.
Pero hay un detalle más en este cuento de azares y pesares en donde no sólo el diablo, sino también el Mercado, metió la cola. En 1982 las compañías químicas vendían los 5 mgs de MPTP a 11 dólares, para 1986, donde la demanda de MPTP para investigación había crecido enormemente, los 5 mgs. costaban 9500 dólares.

Actos de Dios

No es que me haya vuelto repentinamente creyente (aunque considerando que estamos en vísperas de Iom Kippur podría hacer una excepción), pero hace un tiempo firmé un contrato con una importante compañía multinacional y en uno de sus artículos, más exactamente el 19.1 sobre Fuerza Mayor, dice lo siguiente:    ” Ninguna de las Partes del presente será responsable por el retraso en el cumplimiento de sus obligaciones bajo el presente Contrato o la falta de cumplimiento de las mismas cuando el mismo resulte de un hecho fuera de su control (condición de “Caso Fortuito o Fuerza Mayor”), incluyendo, pero sin limitarse a, actos de Dios, caso fortuito, huelgas y otras paralizaciones de labores de alcance general, guerra, conmoción civil…etc”.

O sea, es decir, a ver…los abogados evidentemente saben algo que yo no sé, o mejor dicho: TIENEN LA CERTEZA DE QUE DIOS EXISTE!!!!, la tienen más clara que los curas, rabinos, imanes y demás Ejecutivos de Venta del Cielo en la Tierra, no?.

La tienen tan clara que la ponen en un contrato de servicios, puede haber una huelga, una guerra…o Dios mismo impidiéndonos cumplir con lo establecido legalmente. Casi me siento honrado y habiendo encontrado mi lugar, ya no en la Tierra, sino en el Cosmos, puedo violar el contrato y descargar la responsabilidad en El.

Claro, salvo que el acto de Dios al que se refieren sea que me caiga un rayo divino y nada de desligar responsabilidades, más bien a dar explicaciones arriba mismo…mejor opto por cumplir el contrato.

Exploding Black Hole Observed — More Energy in a Second than the Sun in a Billion Years

Exploding Black Hole Observed — More Energy in a Second than the Sun in a Billion Years.

Gente, el tema es realmente fascinante y nos saca un poco de la mediocridad política y demás yerbas…pero la frutilla del postre, para quien tenga la paciencia de leer el artículo, está en el Instituto Max Planck de Física Extraterrestre…no digo más nada, pasen y vean