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La Fiesta de Jana

¡Llegó carta de Jana! El grito de Simón resonó por toda la calle, que es lo mismo que decir que había resonado por todo el pueblo. Eso es lo que pasa en los pueblos que tienen una sola calle y algunas casas desperdigadas aquí y allá. Los abuelos, los padres, los tíos, los hermanos y los primos de Jana se reunieron alrededor de la carta. En realidad alrededor de Simón, quien fue el encargado de traerla y de leerla. Aunque la lámpara de aceite apenas iluminaba la habitación (la única iluminación eléctrica estaba reservada para el Templo), Simón tenía buena vista y no tuvo problemas para contarle a la familia lo que Jana quería contarles. La extrañaban, claro, pero ¿cómo no iban a estar felices que ella estuviera en un lugar donde comía tres veces al día? Si hasta había conseguido un trabajo a las pocas semanas de llegar allá y estaba viviendo en la casa del tío Aarón, que ya hacía cuatro años que se había ido. Es cierto que Jana había tenido que acostumbrarse a algunas costumbres exóticas. Trataba de descifrar un idioma que se la hacía bien difícil y leer los carteles en las calles aún seguía siendo una tarea casi imposible. Pero estaban felices y nadie en la familia dudaba que Jana iba a poder cumplir con su promesa: algún día iba a volver casada, con su esposo y su hijo, y con la plata suficiente como para ayudar a toda la familia. En honor a Jana los abuelos decidieron que aquella sería una gran noche de festejos. Sacrificarían dos pollos, el doble de lo acostumbrado por semana, y harían una cena inolvidable, casi como en las Sagradas Fiestas. Simón y dos de los primos tomaron sus instrumentos y la música comenzó a mezclarse con el aroma de los pollos que la abuela estaba cocinando. Él había heredado el violín de su abuelo y nadie entendía cómo llegó a tocarlo de esa manera sin haber tomado ninguna clase. Era el violinista más exquisito que se podía encontrar entre todos los pueblos de alrededor. La tía Risha, como siempre, se encargó de las ensaladas, su especialidad, y al poco tiempo volvió con tres de sus más elaboradas creaciones, la de papa, cebolla y ajo era la más codiciada de todas. El vino quedó a cargo del abuelo, guardaba en un pequeño desván algunas botellas para ocasiones especiales. Y si esta no era una ocasión especial ¿cuál podía serlo? La única calle del pueblo fue invadida por esa fiesta, merecida fiesta.

Quizás fue por esa mezcla tan única de música, comida y felicidad, que nadie escuchó los motores de los aviones alemanes que se acercaban y, por supuesto, nadie escuchó las bombas. La primera de ellas, justamente, cayó en la cocina de la abuela.

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Acerca de Marcelo Ekman

Psicólogo, mindhunter, casi músico aficionado, melómano invencible, muy hincha de Boca, apasionado por todo lo que hace racional a este mundo, curioso por la irracionalidad del mundo.

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