Publicado el

2018

“El resto de su tiempo lo consumía en una liturgia de costumbres que conseguía preservarle de su infelicidad. De vez en cuando, en los días de viento, bajaba hasta el lago, y pasaba horas mirándolo, puesto que, dibujado en el agua, le parecía ver el inexplicable espectáculo, leve, que había sido su vida.” Este es el último párrafo de la novela Seda, de Alessandro Baricco (de lectura casi imprescindible). La había leído años atrás y la acabo de releer y redescubrir. En esos tres renglones hay un mundo de imágenes que, asociadas a este momento de fin de ciclo, me conmueven, o sea, me inquietan y me enternecen, porque conmover significa tanto lo uno como lo otro.

Hervé Joncour –el personaje en cuestión- define su vida, hacia el final de su vida, como un espectáculo leve e inexplicable, y la ve transcurrir en el agua mecida y estremecida por el viento.

No sabría decir cuán inexplicable es, para cada uno de nosotros, su propia vida. Apenas me atrevería a conjeturar algunas explicaciones sobre la mía hasta el día de hoy y a riesgo de que, explicándome, sólo logre desenterrar misterios que creía sólidamente aclarados, o encontrarme con espacios que se abren más allá de lo permitido por las leyes de la geometría y donde me perdería sin retorno.

Y sin embargo… ¿qué pasaría si, efectivamente, la felicidad, o preservarnos de la infelicidad como en el caso de Joncour, no fuera sino vivir una vida leve? No otra cosa sino la soportable levedad de la vida.

Felicitas, en latín, significa tanto felicidad como fertilidad, nada más igual a la vida que este concepto. Parece que somos el fruto obvio de la fertilidad y, por lo tanto, de la felicidad. ¿Lo somos?, ¿lo sabemos? Creo que nos hemos acostumbrado a ver la densidad de las cosas, a hacer de nuestras jornadas travesías agobiantes. Pero al final, como dijo alguien, todo es menos importante de lo que parece. Déjenme enfatizar, cuando digo “todo” es verdaderamente todo.

Incluso la misma felicidad debería ser parte de la ligereza de la vida. Como si nos pudiéramos acercar a ése lago en el que el viento dibuja nuestra historia y –ahuecando una mano- tomáramos un poco de agua, es decir un momento que hemos vivido, y sintiéramos que tenemos algo parecido a la nada entre los dedos. La inevitable levedad de la felicidad.

QUE TENGAS UN BUEN AÑO, UN AÑO LEVE

marcelo ekman

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Acerca de Marcelo Ekman

Psicólogo, mindhunter, casi músico aficionado, melómano invencible, muy hincha de Boca, apasionado por todo lo que hace racional a este mundo, curioso por la irracionalidad del mundo.

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