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El Ruso, Bocha, Yacaré, Carlos

 

 

Ningún camino – o ninguna historia – es del todo improbable.

Dina Huapi es una localidad que está ubicada a 15 km. de Bariloche, su principal atracción turística es el Cerro Leones, un antiguo volcán de unos 900 metros de altura y a cuya cima se accede a través de un sendero algo escarpado y rústico, pero no tanto como para ser inconveniente para familias o seres humanos no aptos para juegos olímpicos.

Un poco antes de llegar a la cima hay tres cavernas que fueron hábitats, hace 8 mil o 9 mil años, de los antiguos pobladores de la zona, responsables también del sendero mencionado y de unas pinturas rupestres en las mismas cuevas.

La excursión se inicia en la base del Cerro, base también de la Administración del predio y de una confitería; aquí los turistas se subirán a un minibús que, como siempre, saldrá inicialmente marcha atrás para que el conductor pueda repetir – por milésima vez? – el mismo comentario “Aquí en Dina Huapi subimos los Cerros marcha atrás”. No obstante, ya con la proa del minibús enfilada hacia el horizonte, unos cien metros más adelante comienza la verdadera ascensión a pie.

Joaquín es el guía del lugar, un muchacho de unos treinta años y que no oculta su pasión por lo que hace, si el grupo no es muy numeroso, Joaquín se detendrá más veces de lo acostumbrado durante el camino, para señalar las variedades de plantas (aromáticas, curativas), la posibilidad de encontrar alguna prehistórica punta de flecha y describir los actuales habitantes del cerro, una o varias familias de liebres, algunas familias de lechuzas, tal vez murciélagos y “cuidado señora, que puede haber víboras allí donde está pisando”.

Y si bien la ascensión tiene su encanto –una magnífica vista panorámica – las divas de la excursión son las cavernas y, especialmente, la última, pero ya llegaremos a ella.

El grupo ha llegado a la primera caverna y todos se congregan alrededor de Joaquín y sus explicaciones y la primera pintura rupestre, cuesta un poco distinguirla pero Joaquín, haciendo gala de otra habilidad, pide prestado un celular (no un IPhone porque no tiene el programa que necesita), le saca una foto a la pintura, la edita y…voilá! aparece con claridad meridiana (o celular) una verdadera pintura rupestre.

– En la próxima caverna vamos a ver otra pintura y una sorpresa- amenaza al grupo.

En la segunda caverna está, efectivamente, la otra pintura y la sorpresa que Joaquín anticipó, casi llegando al techo, no una pintura de los pueblos originarios, sino un grafiti de color blanco que dice – sin duda alguna y sin necesidad de edición vía teléfono celular – Comercial 29 Flores.

-Creemos que este grafiti ya estaba acá años antes de que se empezara a trabajar turísticamente el Cerro, aunque no sabemos cuándo se hizo. En la próxima caverna ustedes van a ser testigos de un lugar sorprendente, pero también van a saber algo más de este grafiti.

Joaquín no exagera, casi se podría decir que todo lo contrario. La tercera caverna se interna 130 metros en el interior del cerro y en rigor son dos, separadas por un estrechísimo pasadizo de unos tres metros y que se debe recorrer en cuclillas o reptando, so pena de dejar parte de la cabeza allí, aún con los cascos que obligatoriamente hay que ponerse a la entrada de la misma.

Al fondo de la caverna hay un manantial y un pequeño lago, recorrido en parte hace unos años atrás, cuenta Joaquín, por unos espeleólogos italianos, que no pudieron completar su tarea por no tener el equipamiento necesario. Pero las aguas siguen y no se sabe hasta dónde. Mientras Joaquín va contando la historia, alumbrado teatralmente por unas linternas, el grupo se sienta al borde del lago, toca el agua, se saca las heroicas fotos de rigor y, por qué no, alguien se imagina en una novela de Julio Verne.

-Ahora miren allá, sobre esa pared- y, con la misma pintura blanca de antes, los turistas leen El Ruso Bocha Yacaré Carlos Comercial 29 Flores. Ahí tenemos – prosigue Joaquín – a los responsables. Al menos uno de ellos, Carlos, tuvo la valentía de firmar con su nombre. Lo que tampoco sabemos bien es cómo llegaron hasta acá, porque el pequeño túnel por el que ustedes pasaron de la caverna de la entrada a esta, se hizo cuando el lugar se convirtió en centro turístico y, como les dije, esos grafitis son anteriores.

Misterio no resuelto que no desmerece la aventura que los turistas viven, más bien le agrega un toque cinematográfico.

Todo el grupo ha vuelto, mientras algunos compran recuerdos o toman algo en la confitería, un hombre se le acerca a Joaquín y le pregunta si pueden conversar unos minutos. Pelo entrecano, cincuenta y pico, mirada firme, discurso suave y pausado.

-Excelente excursión y muy ameno tu relato, te felicito. Me llamo Carlos.

-Gracias Carlos, yo me llamo Joaquín.

-Si ya sé – con complicidad y sin sorna – acabo de acompañarte durante dos horas en el cerro. Yo soy ese Carlos.

Como en cualquier historia que se precie, acá se debe mencionar que a Joaquín le costó un poco reaccionar y entender a qué se refería con “ese Carlos”.

-Dejame que te cuente. En el año 1976 cursaba el último año del secundario en el Comercial 29 de Flores, el Ruso, Bocha, Yacaré y yo fuimos compañeros desde primer año y éramos muy amigos. Un día ninguno de ellos vino a clase, al otro día tampoco y al cuarto día nos enteramos que a los tres los habían llevado de la casa grupos de tareas formados por policías y personal del ejército. Nunca más se supo nada de ellos. ¿Porqué se los llevaron? ¿Porqué no me vinieron a buscar a mí?…al día de hoy no tengo respuestas. Pero mis padres, por las dudas, sí tuvieron una, me mandaron a vivir a Bariloche, a lo de un tío mío.

Viví acá (o sea allá, en Bariloche), durante un poco más de un año. Volví a Buenos Aires y desde allí, casi sin escalas, me fui a México, a la casa de un primo de mi papá. Y así discurre la vida, me fui quedando, me casé, tuve hijos, de hecho estoy a punto de tener un nieto y todo esto fue vivido en mexicano.

No volví muchas veces a Argentina, pero este año particularmente tenía la necesidad de hacerlo y también de  venir acá, cuarenta años después de aquella tragedia.

Ah pero claro, lo veo en tus ojos, te está faltando lo que para vos es la parte más importante, las pintadas en las cavernas. Mi tío tenía un local de productos regionales y además era un arqueólogo aficionado, con él vine varias veces a Cerro Leones y me enseñó las cuevas. Hasta que una vez decidí venir sólo, con pintura en aerosol. Hice el primer grafiti pero necesitaba algo más, un homenaje íntimo y perdurable para mis amigos. El pasadizo de la tercera caverna existía, pero era aún más chico que el de ahora (tenías que pasar haciendo cuerpo a tierra, ironías del destino, ¿no?) y no mucha gente sabía de la existencia de la caverna siguiente. Pinté nuestros nombres confiado en la supuesta inviolabilidad del lugar y con escasa capacidad para imaginarme que, cuarenta años después, esto sería un extraordinario atractivo turístico y que mi humilde recuerdo iba a ser traducido como un acto vandálico.

Dudo que alguna vez vuelva pero si me permitís una sugerencia, el relato verdadero fue para vos, creo que los turistas se merecen la versión enigmática que te sale muy bien ¿quiénes hicieron estos grafitis?

Han pasado uno cinco años de este episodio, Joaquín y otro grupo de turistas están en la tercera cueva, al borde del pequeño lago, cuando Joaquín ilumina con su linterna hacia una pared y les dice – -Ahora miren allá, sobre esa pared. Ahí tenemos – prosigue Joaquín – a los responsables. Al menos uno de ellos, Carlos, tuvo la valentía de firmar con su nombre. Lo que tampoco sabemos bien es cómo llegaron hasta acá, porque el pequeño túnel por el que ustedes pasaron de la caverna de la entrada a esta, se hizo cuando el lugar se convirtió en centro turístico y, como les dije, esos grafitis son anteriores.

Mientras Joaquín volvía la atención de los turistas hacia el lago y el manantial, una persona (alguien le había preguntado si era mexicano) se desprendió del grupo y se acercó a la pared, abrió un recipiente de metal y esparció las cenizas de Carlos bajo el grafiti que decía – y aún sigue diciendo- El Ruso Bocha Yacaré Carlos Comercial 29 Flores.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Acerca de Marcelo Ekman

Psicólogo, mindhunter, casi músico aficionado, melómano invencible, muy hincha de Boca, apasionado por todo lo que hace racional a este mundo, curioso por la irracionalidad del mundo.

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