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Algunos Errores nos dejan helados

“La poca prudencia de los hombres les hace emprender cosas cuyo buen sabor inicial les impide percibir el veneno que hay debajo”. Seguramente Nicolás Maquiavelo no estaba pensando en la historia que les voy a contar cuando puso en boca de su Príncipe esa frase, no obstante ilustra sabiamente un aspecto del comportamiento humano que, por su perseverancia a través de los siglos, pone bien en duda nuestra condición de “homo sapiens”.
Esto va a ser arduo, estimados lectores. Es que no tengo más remedio – y la expresión calza justo ya lo verán- que iniciar mi nota haciendo referencia a una de las materias más odiadas por – digamos – el 90 % de los estudiantes secundarios: Química. El villano de turno, un verdadero villano de grandes ligas como dirían los americanos del norte, es el MPTP, parece algún movimiento político latinoamericano pero en realidad son las siglas del 1-metil-4-fenil-1,2,3,6-tetraidropiridina, un compuesto secundario que se forma a partir de la síntesis de meperidina o heroína sintética (como muchos de ustedes seguramente ya sabían, o no). La ingestión de MPTP lleva a la destrucción de neuronas en la sustancia negra del cerebro, por lo que produce síntomas muy similares a los observados en la enfermedad de Parkinson. La sustancia negra contiene la mayoría de las células cerebrales que producen un poderoso neurotransmisor llamado Dopamina, esencial para todos los movimientos musculares (y para la sensación de placer).
Aunque, en rigor y como en las buenas novelas policiales, hay una vuelta de tuerca para nuestro villano. El MPTP podría ser inofensivo, pero cuando llega al cerebro una enzima lo convierte en MPP+, que es la fórmula de un potente herbicida el que – literalmente – fumiga a las neuronas de la sustancia negra.
La forma en que los científicos llegaron a descubrir esto, el devenir de los eventos (afortunados para algunos, desafortunados para otros) que, a la larga, permitieron importantes avances en el estudio y tratamiento del Parkinson, parece una ficción. Pero ocurrió, y fue más o menos así.
El 16 de julio de 1982 podría haber sido otro día más para el Dr., William Langston, Jefe de Neurología del Santa Clara Valley Medical Center en San José (California), de no haber sido por el ingreso de George Carrillo, tan congelado y duro como una estatua y, posteriormente, de su novia, Juanita López, igual de dura que George. En los días siguientes otros dos casos fueron reportados a unos 40 kms. de allí, dos hermanos de un poco más de 20 años; Carrillo tenía 42 y su novia andaba por los 30. Esta insistencia con las edades, verán, no es ociosa.
Algo tenían estas cuatro personas en común: eran adictos a la heroína. Con estos casos a la vista, el Dr. Langston llamó a una conferencia de prensa para advertir a la población que andaba por las calles una heroína de mala calidad, después de esta conferencia aparecieron tres nuevos casos. Los siete pacientes tenían los síntomas de la enfermedad de Parkinson en un estado avanzado, no obstante había algo que no terminaba de cuadrar, los primeros síntomas de esta enfermedad suelen aparecer luego de los 50 años y su desarrollo es lento y progresivo. Nuestros “7 magníficos” eran gente joven y, prácticamente de un día para otro, se encontraban en un estado casi irreversible.
Como estamos – en 1982 – en la infancia de Internet, el Dr. Langston demoró un poco en encontrar un antecedente similar que le permitiera entender lo que estaba sucediendo. Veremos que, como dicen por allí, el diablo está en los detalles.
En 1976 un estudiante de Química de una universidad de Bethesda (Maryland) de 23 años presentó los mismos síntomas del Parkinson avanzado luego de inyectarse una sustancia que había hecho en su laboratorio. Nuestro héroe intentaba crear una heroína (la droga, no una mujer) sintética a partir de un analgésico llamado Demerol, cuya fórmula es MPPP y claro, para hacer jugosa esta historia, se equivocó en algún paso y le salió el ya mencionado MPTP. No conforme con esto, dos años después murió de una sobredosis de cocaína, lo que sin dudas fue una mala noticia para él, aunque no tan mala para la ciencia.
La autopsia reveló que la sustancia negra de su cerebro había sido destruida por el MPTP, en realidad por su derivado, el MPP+. Los investigadores del caso reunieron todo y escribieron un paper (queda más fino en inglés, vio?) que mandaron al New England Journal of Medicine, donde fue rechazado por difusas “cuestiones técnicas”. Insistieron entonces y lo mandaron al Journal of the American Medical Association, cuyos editores pidieron que se suprimiera a alguno de los siete autores como condición para la publicación. De ninguna manera, dijeron los siete a coro. Corolario?, el trabajo fue publicado en el primer volumen de una nueva revista científica, el Psychiatry Research…de Holanda, donde evidentemente permaneció leído por pocos, si es que por alguno, hasta que fue descubierto por Langston y sus colaboradores a mediados de 1982, cuatro años más tarde. Dicho sea de paso y para darle un toque casi paródico o conspirativo al asunto, Bethesda es la sede principal del Instituto Nacional de Salud de los EE.UU (NIH). y quienes estudiaron este caso y escribieron dicho artículo eran investigadores del NIH.
Lo que sigue entonces – y para no abusar de detalles específicos – es el intenso trabajo que se llevó adelante estudiando el MPTP como herramienta para entender y tratar no sólo el caso de estos adictos – “los adictos congelados”, según el título del libro que Langston escribió luego en 1996 – sino la enfermedad en sí misma. Diseñaron un modelo animal para estudiar los efectos del MPTP y dieron paso a nuevos tratamientos para atacar el daño producido por la enfermedad. Si bien no se ha encontrado aún la cura para ese mal, el caso de los adictos congelados fue un punto de inflexión en la batalla (además de legarnos el concepto de “droga de diseño”, primera vez que se utilizó el término haciendo referencia a aquellas drogas sintéticas producidas en laboratorios y no derivadas de las plantas, como la marihuana).
Y recuerden cómo empezó todo: un joven químico adicto, para su propio provecho o para hacer un negocio, o ambas cosas, intenta desarrollar heroína sintética, pero algo le sale mal justamente en el proceso químico y da lugar a un compuesto que genera un síndrome similar a la enfermedad de Parkinson en un estadio avanzado. Unos años más tarde, en otro laboratorio clandestino, se vuelve a producir el mismo error y otras siete personas engrosan la lista de “congelados”. La ciencia y su método son una característica distintiva de nuestra especie, el homo sapiens. Pero otra de nuestras características es la del error persistente, los animales aprenden de sus errores y nosotros, los seres más racionales de la naturaleza, aún en posesión de todas nuestras facultades mentales, tomamos decisiones y cometemos errores que van en contra de nuestros objetivos y – lo que es peor aún – persistimos en esa dirección. Ejemplos de este comportamiento llenan las páginas de periódicos, los noticieros televisivos, bibliotecas (físicas y digitales) y, en general, nuestra vida cotidiana, así se escribe la historia del mundo. Es que, como decía Paul Watzlawick “los caminos errados se declaran como tales cuando uno los pasa”.
Pero hay un detalle más en este cuento de azares y pesares en donde no sólo el diablo, sino también el Mercado, metió la cola. En 1982 las compañías químicas vendían los 5 mgs de MPTP a 11 dólares, para 1986, donde la demanda de MPTP para investigación había crecido enormemente, los 5 mgs. costaban 9500 dólares.

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Acerca de Marcelo Ekman

Psicólogo, mindhunter, casi músico aficionado, melómano invencible, muy hincha de Boca, apasionado por todo lo que hace racional a este mundo, curioso por la irracionalidad del mundo.

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