2018

“El resto de su tiempo lo consumía en una liturgia de costumbres que conseguía preservarle de su infelicidad. De vez en cuando, en los días de viento, bajaba hasta el lago, y pasaba horas mirándolo, puesto que, dibujado en el agua, le parecía ver el inexplicable espectáculo, leve, que había sido su vida.” Este es el último párrafo de la novela Seda, de Alessandro Baricco (de lectura casi imprescindible). La había leído años atrás y la acabo de releer y redescubrir. En esos tres renglones hay un mundo de imágenes que, asociadas a este momento de fin de ciclo, me conmueven, o sea, me inquietan y me enternecen, porque conmover significa tanto lo uno como lo otro.

Hervé Joncour –el personaje en cuestión- define su vida, hacia el final de su vida, como un espectáculo leve e inexplicable, y la ve transcurrir en el agua mecida y estremecida por el viento.

No sabría decir cuán inexplicable es, para cada uno de nosotros, su propia vida. Apenas me atrevería a conjeturar algunas explicaciones sobre la mía hasta el día de hoy y a riesgo de que, explicándome, sólo logre desenterrar misterios que creía sólidamente aclarados, o encontrarme con espacios que se abren más allá de lo permitido por las leyes de la geometría y donde me perdería sin retorno.

Y sin embargo… ¿qué pasaría si, efectivamente, la felicidad, o preservarnos de la infelicidad como en el caso de Joncour, no fuera sino vivir una vida leve? No otra cosa sino la soportable levedad de la vida.

Felicitas, en latín, significa tanto felicidad como fertilidad, nada más igual a la vida que este concepto. Parece que somos el fruto obvio de la fertilidad y, por lo tanto, de la felicidad. ¿Lo somos?, ¿lo sabemos? Creo que nos hemos acostumbrado a ver la densidad de las cosas, a hacer de nuestras jornadas travesías agobiantes. Pero al final, como dijo alguien, todo es menos importante de lo que parece. Déjenme enfatizar, cuando digo “todo” es verdaderamente todo.

Incluso la misma felicidad debería ser parte de la ligereza de la vida. Como si nos pudiéramos acercar a ése lago en el que el viento dibuja nuestra historia y –ahuecando una mano- tomáramos un poco de agua, es decir un momento que hemos vivido, y sintiéramos que tenemos algo parecido a la nada entre los dedos. La inevitable levedad de la felicidad.

QUE TENGAS UN BUEN AÑO, UN AÑO LEVE

marcelo ekman

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SEDA (breve reescritura desfragmentada)

Era, por lo demás, uno de esos hombres que prefieren asistir a su propia vida y consideran improcedente cualquier aspiración a vivirla. Habrán observado que son personas que contemplan su destino de la misma forma en que la mayoría acostumbra contemplar un día de lluvia.

Había llegado a la conclusión de que el problema no podía ser resuelto, sino que debía ser evitado.

Tenía un montón de cosas que contar. Pero lo que le dijo Baldabiou, cuando se quedaron solos fue

-Hablame de los delfines.

Era como tener la nada entre los dedos.

Los productores de seda de Lavilledieu eran, quien más quien menos, gente de bien, y nunca habrían pensado en infringir ninguna de las leyes de su país. La hipótesis de hacerlo en la otra punta del mundo, sin embargo, les pareció razonablemente sensata.

Aquella muchacha continuaba mirándolo con una violencia que imponía a cada una de sus palabras la obligación de sonar memorables.

Vio a su mujer que corría a su encuentro y notó el perfume de su piel cuando la abrazó, y el terciopelo de su voz cuando le dijo

-Has vuelto

Dulcemente

-Has vuelto.

Tenía los labios entrecerrados, parecía la prehistoria de una sonrisa.

Nadie parecía verlo y nada parecía ver él. Era un hilo de oro que corría recto en la trama de una alfombra tejida por un loco.

La amó durante varias horas, con movimientos que nunca había hecho, dejándose enseñar una lentitud que desconocía.

Abandonaron la pequeña villa con añoranza, puesto que habían llegado a sentir, entre aquellos muros, la suerte de amarse.

Tenía tras de sí un camino de ocho mil kilómetros. Y delante de él la nada. De repente vio algo que creía invisible.

El fin del tiempo.

Había quien decía: Tiene algo dentro, una suerte de infelicidad.

-Ni siquiera llegué a oír nunca su voz.

Y al cabo de un momento.

-Es un dolor extraño.

En voz baja.

-Morir de nostalgia por algo que no vivirás nunca.

Era sorprendente pensar que, por el contrario, eran signos, es decir: cenizas de una voz quemada.

no abras los ojos y tendrás mi piel.

hasta que al final te bese en el corazón, porque te deseo, morderé la piel que late sobre tu corazón

Lo que era para nosotros lo hemos hecho, y vos lo sabés. Creeme, lo hemos hecho para siempre. Preservá tu vida resguardada de mí. Y no dudes un instante, si fuese útil para tu felicidad, en olvidar a esta mujer que ahora te dice, sin añoranza, adiós.

De vez en cuando, en los días de viento, Hervé Joncour bajaba hasta el lago y pasaba horas mirándolo, puesto que, dibujado en el agua, le parecía ver el inexplicable espectáculo, leve, que había sido su vida.

No estaba hecho para las conversaciones serias. Y un adiós es una conversación seria.

¿Sabe Señor?, yo creo que ella hubiera deseado, más que cualquier cosa, ser aquella mujer. Usted no puede comprenderlo. Pero yo la oí leer aquella carta. Yo sé que es así.

Él narraba despacio, mirando en el aire cosas que los demás no veían.

El resto de su tiempo lo consumía en una liturgia de costumbres que conseguía preservarle de su infelicidad. De vez en cuando, en los días de viento, bajaba hasta el lago, y pasaba horas mirándolo, puesto que, dibujado en el agua, le parecía ver el inexplicable espectáculo, leve, que había sido su vida.

 

2017

 

Esta impensada crónica relaciona a un político, escritor y arquitecto inglés del siglo XVIII con tres príncipes de Ceylán,  con la escritora Mary Shelley y con una droga, el citrato de sildenafilo que, en forma de pastillita azul y el ingenioso nombre de Viagra (una mezcla de la palabra latina para “fuerza” y la palabra en sánscrito para “tigre”) logró transformar una malograda investigación médica en uno de los mayores éxitos de la industria farmacéutica.

Empecemos por el final, científicos del Laboratorio Pfizer buscaban un medicamento para tratar la hipertensión arterial y la angina de pecho, fracasaron en dicho intento pero observaron un curioso efecto no buscado: la droga producía notables erecciones peneanas. Pfizer lo patentó como un medicamento para tratar la disfunción eréctil y, desde su lanzamiento comercial en 1998 hasta hoy, es uno de los remedios más vendidos del mundo.

Horace Walpole, IV Conde de Oxford era hijo de un Primer Ministro inglés y primo del Almirante Nelson. Su obra literaria más importante, El Castillo de Otranto, es reconocida como la novela que inauguró el género de terror gótico, uno de cuyos hijos dilectos es – por supuesto – Frankenstein o El Moderno Prometeo (tal su título completo), escrito por Mary Shelley en una de las noches más extrañas de la historia de la literatura (pero esa es otra historia). Además de sus obras de ficción y de varios ensayos, Walpole dejó una profusa correspondencia y en una de sus cartas acuñó el término “serendipity” (serendipia o serendipidad en español), refiriéndose al momento en el que encontramos algo cuando buscábamos otra cosa, un hallazgo fortuito que cambia el curso de los acontecimientos (no es que encontramos el título del auto, perdido hace varios años, mientras buscábamos la constancia del último pago de expensas).

Walpole tomó el término de un antiguo cuento infantil Los Tres Príncipes de Serendip, una lejana tierra asociada con Ceylan (hoy Sri Lanka). Los tres príncipes, hijos del rey Giaffer, son reconocidos por su astucia, sagacidad y sabiduría. Para continuar con su educación, el rey los embarca en un viaje cuyas aventuras y razonamientos los convierten en algo así como los primeros detectives de la ficción. De Serendip a serendipity porque en el camino hallaron lo que no buscaban.

Vivimos en serendipia más de lo que creemos, la ciencia desborda en sucesos como el de la pastillita azul (los rayos X, la penicilina, la vacuna antirrábica…). Colón se “chocó” con lo que es hoy América buscando las Indias. Yo mismo, mientras buscaba otro tema para este relato, encontré que Walpole nació en 1717, es decir que en 2017 se estarán cumpliendo 300 de su nacimiento y, dicho sea de paso, murió en 1797, el mismo año en que nació Mary Shelley, cuyo “monstruo” surgió posiblemente en una noche de serendipia en la Villa Diodati, en Ginebra.

Pienso que ninguna búsqueda es infructuosa y que todo hallazgo nos enaltece.

FELIZ AÑO

marcelo ekman

El Ruso, Bocha, Yacaré, Carlos

 

 

Ningún camino – o ninguna historia – es del todo improbable.

Dina Huapi es una localidad que está ubicada a 15 km. de Bariloche, su principal atracción turística es el Cerro Leones, un antiguo volcán de unos 900 metros de altura y a cuya cima se accede a través de un sendero algo escarpado y rústico, pero no tanto como para ser inconveniente para familias o seres humanos no aptos para juegos olímpicos.

Un poco antes de llegar a la cima hay tres cavernas que fueron hábitats, hace 8 mil o 9 mil años, de los antiguos pobladores de la zona, responsables también del sendero mencionado y de unas pinturas rupestres en las mismas cuevas.

La excursión se inicia en la base del Cerro, base también de la Administración del predio y de una confitería; aquí los turistas se subirán a un minibús que, como siempre, saldrá inicialmente marcha atrás para que el conductor pueda repetir – por milésima vez? – el mismo comentario “Aquí en Dina Huapi subimos los Cerros marcha atrás”. No obstante, ya con la proa del minibús enfilada hacia el horizonte, unos cien metros más adelante comienza la verdadera ascensión a pie.

Joaquín es el guía del lugar, un muchacho de unos treinta años y que no oculta su pasión por lo que hace, si el grupo no es muy numeroso, Joaquín se detendrá más veces de lo acostumbrado durante el camino, para señalar las variedades de plantas (aromáticas, curativas), la posibilidad de encontrar alguna prehistórica punta de flecha y describir los actuales habitantes del cerro, una o varias familias de liebres, algunas familias de lechuzas, tal vez murciélagos y “cuidado señora, que puede haber víboras allí donde está pisando”.

Y si bien la ascensión tiene su encanto –una magnífica vista panorámica – las divas de la excursión son las cavernas y, especialmente, la última, pero ya llegaremos a ella.

El grupo ha llegado a la primera caverna y todos se congregan alrededor de Joaquín y sus explicaciones y la primera pintura rupestre, cuesta un poco distinguirla pero Joaquín, haciendo gala de otra habilidad, pide prestado un celular (no un IPhone porque no tiene el programa que necesita), le saca una foto a la pintura, la edita y…voilá! aparece con claridad meridiana (o celular) una verdadera pintura rupestre.

– En la próxima caverna vamos a ver otra pintura y una sorpresa- amenaza al grupo.

En la segunda caverna está, efectivamente, la otra pintura y la sorpresa que Joaquín anticipó, casi llegando al techo, no una pintura de los pueblos originarios, sino un grafiti de color blanco que dice – sin duda alguna y sin necesidad de edición vía teléfono celular – Comercial 29 Flores.

-Creemos que este grafiti ya estaba acá años antes de que se empezara a trabajar turísticamente el Cerro, aunque no sabemos cuándo se hizo. En la próxima caverna ustedes van a ser testigos de un lugar sorprendente, pero también van a saber algo más de este grafiti.

Joaquín no exagera, casi se podría decir que todo lo contrario. La tercera caverna se interna 130 metros en el interior del cerro y en rigor son dos, separadas por un estrechísimo pasadizo de unos tres metros y que se debe recorrer en cuclillas o reptando, so pena de dejar parte de la cabeza allí, aún con los cascos que obligatoriamente hay que ponerse a la entrada de la misma.

Al fondo de la caverna hay un manantial y un pequeño lago, recorrido en parte hace unos años atrás, cuenta Joaquín, por unos espeleólogos italianos, que no pudieron completar su tarea por no tener el equipamiento necesario. Pero las aguas siguen y no se sabe hasta dónde. Mientras Joaquín va contando la historia, alumbrado teatralmente por unas linternas, el grupo se sienta al borde del lago, toca el agua, se saca las heroicas fotos de rigor y, por qué no, alguien se imagina en una novela de Julio Verne.

-Ahora miren allá, sobre esa pared- y, con la misma pintura blanca de antes, los turistas leen El Ruso Bocha Yacaré Carlos Comercial 29 Flores. Ahí tenemos – prosigue Joaquín – a los responsables. Al menos uno de ellos, Carlos, tuvo la valentía de firmar con su nombre. Lo que tampoco sabemos bien es cómo llegaron hasta acá, porque el pequeño túnel por el que ustedes pasaron de la caverna de la entrada a esta, se hizo cuando el lugar se convirtió en centro turístico y, como les dije, esos grafitis son anteriores.

Misterio no resuelto que no desmerece la aventura que los turistas viven, más bien le agrega un toque cinematográfico.

Todo el grupo ha vuelto, mientras algunos compran recuerdos o toman algo en la confitería, un hombre se le acerca a Joaquín y le pregunta si pueden conversar unos minutos. Pelo entrecano, cincuenta y pico, mirada firme, discurso suave y pausado.

-Excelente excursión y muy ameno tu relato, te felicito. Me llamo Carlos.

-Gracias Carlos, yo me llamo Joaquín.

-Si ya sé – con complicidad y sin sorna – acabo de acompañarte durante dos horas en el cerro. Yo soy ese Carlos.

Como en cualquier historia que se precie, acá se debe mencionar que a Joaquín le costó un poco reaccionar y entender a qué se refería con “ese Carlos”.

-Dejame que te cuente. En el año 1976 cursaba el último año del secundario en el Comercial 29 de Flores, el Ruso, Bocha, Yacaré y yo fuimos compañeros desde primer año y éramos muy amigos. Un día ninguno de ellos vino a clase, al otro día tampoco y al cuarto día nos enteramos que a los tres los habían llevado de la casa grupos de tareas formados por policías y personal del ejército. Nunca más se supo nada de ellos. ¿Porqué se los llevaron? ¿Porqué no me vinieron a buscar a mí?…al día de hoy no tengo respuestas. Pero mis padres, por las dudas, sí tuvieron una, me mandaron a vivir a Bariloche, a lo de un tío mío.

Viví acá (o sea allá, en Bariloche), durante un poco más de un año. Volví a Buenos Aires y desde allí, casi sin escalas, me fui a México, a la casa de un primo de mi papá. Y así discurre la vida, me fui quedando, me casé, tuve hijos, de hecho estoy a punto de tener un nieto y todo esto fue vivido en mexicano.

No volví muchas veces a Argentina, pero este año particularmente tenía la necesidad de hacerlo y también de  venir acá, cuarenta años después de aquella tragedia.

Ah pero claro, lo veo en tus ojos, te está faltando lo que para vos es la parte más importante, las pintadas en las cavernas. Mi tío tenía un local de productos regionales y además era un arqueólogo aficionado, con él vine varias veces a Cerro Leones y me enseñó las cuevas. Hasta que una vez decidí venir sólo, con pintura en aerosol. Hice el primer grafiti pero necesitaba algo más, un homenaje íntimo y perdurable para mis amigos. El pasadizo de la tercera caverna existía, pero era aún más chico que el de ahora (tenías que pasar haciendo cuerpo a tierra, ironías del destino, ¿no?) y no mucha gente sabía de la existencia de la caverna siguiente. Pinté nuestros nombres confiado en la supuesta inviolabilidad del lugar y con escasa capacidad para imaginarme que, cuarenta años después, esto sería un extraordinario atractivo turístico y que mi humilde recuerdo iba a ser traducido como un acto vandálico.

Dudo que alguna vez vuelva pero si me permitís una sugerencia, el relato verdadero fue para vos, creo que los turistas se merecen la versión enigmática que te sale muy bien ¿quiénes hicieron estos grafitis?

Han pasado uno cinco años de este episodio, Joaquín y otro grupo de turistas están en la tercera cueva, al borde del pequeño lago, cuando Joaquín ilumina con su linterna hacia una pared y les dice – -Ahora miren allá, sobre esa pared. Ahí tenemos – prosigue Joaquín – a los responsables. Al menos uno de ellos, Carlos, tuvo la valentía de firmar con su nombre. Lo que tampoco sabemos bien es cómo llegaron hasta acá, porque el pequeño túnel por el que ustedes pasaron de la caverna de la entrada a esta, se hizo cuando el lugar se convirtió en centro turístico y, como les dije, esos grafitis son anteriores.

Mientras Joaquín volvía la atención de los turistas hacia el lago y el manantial, una persona (alguien le había preguntado si era mexicano) se desprendió del grupo y se acercó a la pared, abrió un recipiente de metal y esparció las cenizas de Carlos bajo el grafiti que decía – y aún sigue diciendo- El Ruso Bocha Yacaré Carlos Comercial 29 Flores.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Creamos que los vampiros no existen

Dom Augustine Calmet (1672-1757) fue un monje benedictino francés, connotado exégeta de la Biblia. Desconozco si se dedicó también – como muchos de sus colegas – a fabricar dulces y licores, lo que sí hizo fue escribir un peculiar tratado, llamado “Dissertations sur les Apparittions des Anges, des Demons et des Espirits, et sur les Revenants, et Vampires de Hongrie, de Boheme, de Moravie, et de Silesie”. Este catálogo de criaturas sobrenaturales caería años más tarde en las manos de un joven médico -elegido su médico personal por Lord Byron- John William Polidori.

Durante una de sus estadías en Ginebra, en la Villa Diodati ocurrió uno de esos acontecimientos que, afortunadamente, pasan a la historia. Los personajes son el propio Lord Byron, Polidori, el poeta Percy Shelley, su esposa Mary W. Shelley, la hermanastra de ésta Claire Clairmont, la condesa Potocka y el escritor Matthew Lewis (quien había escrito El Monje, en 1795).

La noche del 17 de junio de 1816 resolvieron que cada uno escribiría un cuento de terror y allí Mary Shelley esbozó nada menos que Frankenstein. Pero Polidori no se quedó – muy – atrás, de su pluma (y bien empleado el término) salió El Vampiro, que publicaría en 1819 y para lo cual se basó en el tratado de Calmet (cuyo título no voy a repetir).

Así que ahí vamos, con uno de los primeros famosos vampiros de la literatura occidental, producto de una de las noches más extrañas de la historia de la literatura.

Quiero completar esta arbitraria trilogía vampírica con Carmilla, de Sheridan Le Fanu, publicado en 1872 y – por supuesto – con “e pluribus, unum”, el padre de todas las batallas, Drácula de Bram Stoker y publicado en 1897.

La historia reciente es más conocida, Hollywood y los productores de series de TV se hicieron cargo del asunto y hoy en día tenemos vampiros de toda laya, algunos de ellos incluso son héroes románticos adorados por adolescentes ídem, que siguen sus sagas con fervor de hinchadas de fútbol.

Los vampiros han coexistido con los humanos desde tiempos inmemoriales, no sólo en la literatura sino – antes inclusive – en mitos y leyendas. Tanto es así que no poca gente, aún hoy, está convencida de su existencia, más allá del papel y del celuloide.

Quienes seguro no creen en ellos son Costas Efthimiou, físico teórico de la University of Central Florida (UCF, Orlando) y Sohang Gandhi, también físico de la misma universidad.

Ambos científicos publicaron un paper el 27 de agosto de 2007 con el título “Cinema Fiction vs Physics Reality. Ghosts, Vampires and Zombies” (Ficción Cinematográfica versus Realidad de la Física. Fantasmas, Vampiros y Zombis) y apelando a las matemáticas y – tangencialmente – al llamado Principio Antrópico (la vida es la medida de todas las cosas) demostraron, ciencia en mano, que los vampiros no existen, ni han existido jamás.

Supongamos, dicen ellos, que el primer vampiro hubiese aparecido en el año 1600 de nuestra era. Según registros conocidos para el 1º de enero de 1600 la población de la Tierra era de 536.870.911 seres humanos…y un vampiro (a los efectos de nuestro relato). Para simplificar el análisis decidieron no tomar en cuenta la tasa de natalidad ni de mortalidad de los humanos (la tasa de mortalidad no atribuida a los vampiros) y decidieron que cada vampiro sólo se alimente de un humano por mes, obviamente convirtiéndolo a su vez en un nuevo vampiro.

El 1º de febrero de 1600 un humano habrá muerto y un nuevo vampiro habrá nacido, esto significa 2 vampiros y (536.870.911-1) humanos. El 1º de marzo de 1600 habrá dos vampiros hambrientos y dos humanos muertos, es decir dos nuevos vampiros, esto nos da 4 vampiros y (536.870.911-3) humanos. El 1º de abril de 1600 tendremos 4 vampiros hambrientos, 4 humanos muertos y, por ende, 4 nuevos vampiros, o sea 8 vampiros y (536.870.911-7) humanos.

¿Vemos hacia dónde vamos?

Cada mes el número de vampiros se duplica, merced a una progresión conocida en matemáticas como progresión geométrica: el número de vampiros se incrementa geométricamente y el número de humanos decrece también geométricamente.

Puesto en números sería algo así:

Mes 1 = 1 vampiro, 536.870.911 humanos.

Mes 6 = 32 vampiros, 536.870.880 humanos.

Mes 15= 16.384 vampiros, 536.854.528 humanos.

Mes 20 = 524.288 vampiros, 536.346.624 humanos.

Mes 26 = 33.554.432 vampiros, 503.316.480 humanos-

Mes 29 = 268.435.456 vampiros, 268,435.456 humanos.

Mes 30 = 536.870.912 vampiros, 0 humanos.

Para que quede más claro, a los dos años y medio desde que el primer vampiro comenzara a alimentarse (de nosotros), ya no quedaría ningún ser humano vivo en el mundo, y conste que estamos hablando de vampiros casi anoréxicos (con una dieta de un humano por mes).

Por lo tanto, concluyen los autores, los vampiros no pueden existir dado que su existencia contradeciría la existencia de los seres humanos. Apelando al Principio Antrópico, si algo es necesario para la existencia humana entonces debe ser cierto, dado que existimos. En este caso, la no existencia de los vampiros es necesaria para nuestra existencia.

Por cierto, de todas maneras hagamos como que no, sentados en el cine hagamos como que ellos existen, leyendo un libro tratemos de no evitar mirar con recelo para atrás al escuchar un casi imperceptible ruido. Sigamos sintiendo ese frío correr por nuestro cuerpo al recordar las palabras del Conde Drácula cuando recibe a Jonathan Harker en su castillo “Bienvenido a mi casa. ¡Entre con libertad y por su propia voluntad!

Dioses

Hace 32 mil años el hombre creó a Dios. Ocurrió en lo que hoy es Alemania, tal vez al aire libre o tal vez en una cueva, pero no en un templo. Un antiguo homo sapiens esculpió una estatuilla que no representaba a ninguno de los suyos ni tampoco a un animal; nuestro antepasado dio forma, en un trozo de marfil, a un ser que no existía sino tan sólo en su imaginación: cuerpo humano y cabeza de león. El primer Dios conocido de nuestra especie y el primero de Su especie.

Algunos Errores nos dejan helados

“La poca prudencia de los hombres les hace emprender cosas cuyo buen sabor inicial les impide percibir el veneno que hay debajo”. Seguramente Nicolás Maquiavelo no estaba pensando en la historia que les voy a contar cuando puso en boca de su Príncipe esa frase, no obstante ilustra sabiamente un aspecto del comportamiento humano que, por su perseverancia a través de los siglos, pone bien en duda nuestra condición de “homo sapiens”.
Esto va a ser arduo, estimados lectores. Es que no tengo más remedio – y la expresión calza justo ya lo verán- que iniciar mi nota haciendo referencia a una de las materias más odiadas por – digamos – el 90 % de los estudiantes secundarios: Química. El villano de turno, un verdadero villano de grandes ligas como dirían los americanos del norte, es el MPTP, parece algún movimiento político latinoamericano pero en realidad son las siglas del 1-metil-4-fenil-1,2,3,6-tetraidropiridina, un compuesto secundario que se forma a partir de la síntesis de meperidina o heroína sintética (como muchos de ustedes seguramente ya sabían, o no). La ingestión de MPTP lleva a la destrucción de neuronas en la sustancia negra del cerebro, por lo que produce síntomas muy similares a los observados en la enfermedad de Parkinson. La sustancia negra contiene la mayoría de las células cerebrales que producen un poderoso neurotransmisor llamado Dopamina, esencial para todos los movimientos musculares (y para la sensación de placer).
Aunque, en rigor y como en las buenas novelas policiales, hay una vuelta de tuerca para nuestro villano. El MPTP podría ser inofensivo, pero cuando llega al cerebro una enzima lo convierte en MPP+, que es la fórmula de un potente herbicida el que – literalmente – fumiga a las neuronas de la sustancia negra.
La forma en que los científicos llegaron a descubrir esto, el devenir de los eventos (afortunados para algunos, desafortunados para otros) que, a la larga, permitieron importantes avances en el estudio y tratamiento del Parkinson, parece una ficción. Pero ocurrió, y fue más o menos así.
El 16 de julio de 1982 podría haber sido otro día más para el Dr., William Langston, Jefe de Neurología del Santa Clara Valley Medical Center en San José (California), de no haber sido por el ingreso de George Carrillo, tan congelado y duro como una estatua y, posteriormente, de su novia, Juanita López, igual de dura que George. En los días siguientes otros dos casos fueron reportados a unos 40 kms. de allí, dos hermanos de un poco más de 20 años; Carrillo tenía 42 y su novia andaba por los 30. Esta insistencia con las edades, verán, no es ociosa.
Algo tenían estas cuatro personas en común: eran adictos a la heroína. Con estos casos a la vista, el Dr. Langston llamó a una conferencia de prensa para advertir a la población que andaba por las calles una heroína de mala calidad, después de esta conferencia aparecieron tres nuevos casos. Los siete pacientes tenían los síntomas de la enfermedad de Parkinson en un estado avanzado, no obstante había algo que no terminaba de cuadrar, los primeros síntomas de esta enfermedad suelen aparecer luego de los 50 años y su desarrollo es lento y progresivo. Nuestros “7 magníficos” eran gente joven y, prácticamente de un día para otro, se encontraban en un estado casi irreversible.
Como estamos – en 1982 – en la infancia de Internet, el Dr. Langston demoró un poco en encontrar un antecedente similar que le permitiera entender lo que estaba sucediendo. Veremos que, como dicen por allí, el diablo está en los detalles.
En 1976 un estudiante de Química de una universidad de Bethesda (Maryland) de 23 años presentó los mismos síntomas del Parkinson avanzado luego de inyectarse una sustancia que había hecho en su laboratorio. Nuestro héroe intentaba crear una heroína (la droga, no una mujer) sintética a partir de un analgésico llamado Demerol, cuya fórmula es MPPP y claro, para hacer jugosa esta historia, se equivocó en algún paso y le salió el ya mencionado MPTP. No conforme con esto, dos años después murió de una sobredosis de cocaína, lo que sin dudas fue una mala noticia para él, aunque no tan mala para la ciencia.
La autopsia reveló que la sustancia negra de su cerebro había sido destruida por el MPTP, en realidad por su derivado, el MPP+. Los investigadores del caso reunieron todo y escribieron un paper (queda más fino en inglés, vio?) que mandaron al New England Journal of Medicine, donde fue rechazado por difusas “cuestiones técnicas”. Insistieron entonces y lo mandaron al Journal of the American Medical Association, cuyos editores pidieron que se suprimiera a alguno de los siete autores como condición para la publicación. De ninguna manera, dijeron los siete a coro. Corolario?, el trabajo fue publicado en el primer volumen de una nueva revista científica, el Psychiatry Research…de Holanda, donde evidentemente permaneció leído por pocos, si es que por alguno, hasta que fue descubierto por Langston y sus colaboradores a mediados de 1982, cuatro años más tarde. Dicho sea de paso y para darle un toque casi paródico o conspirativo al asunto, Bethesda es la sede principal del Instituto Nacional de Salud de los EE.UU (NIH). y quienes estudiaron este caso y escribieron dicho artículo eran investigadores del NIH.
Lo que sigue entonces – y para no abusar de detalles específicos – es el intenso trabajo que se llevó adelante estudiando el MPTP como herramienta para entender y tratar no sólo el caso de estos adictos – “los adictos congelados”, según el título del libro que Langston escribió luego en 1996 – sino la enfermedad en sí misma. Diseñaron un modelo animal para estudiar los efectos del MPTP y dieron paso a nuevos tratamientos para atacar el daño producido por la enfermedad. Si bien no se ha encontrado aún la cura para ese mal, el caso de los adictos congelados fue un punto de inflexión en la batalla (además de legarnos el concepto de “droga de diseño”, primera vez que se utilizó el término haciendo referencia a aquellas drogas sintéticas producidas en laboratorios y no derivadas de las plantas, como la marihuana).
Y recuerden cómo empezó todo: un joven químico adicto, para su propio provecho o para hacer un negocio, o ambas cosas, intenta desarrollar heroína sintética, pero algo le sale mal justamente en el proceso químico y da lugar a un compuesto que genera un síndrome similar a la enfermedad de Parkinson en un estadio avanzado. Unos años más tarde, en otro laboratorio clandestino, se vuelve a producir el mismo error y otras siete personas engrosan la lista de “congelados”. La ciencia y su método son una característica distintiva de nuestra especie, el homo sapiens. Pero otra de nuestras características es la del error persistente, los animales aprenden de sus errores y nosotros, los seres más racionales de la naturaleza, aún en posesión de todas nuestras facultades mentales, tomamos decisiones y cometemos errores que van en contra de nuestros objetivos y – lo que es peor aún – persistimos en esa dirección. Ejemplos de este comportamiento llenan las páginas de periódicos, los noticieros televisivos, bibliotecas (físicas y digitales) y, en general, nuestra vida cotidiana, así se escribe la historia del mundo. Es que, como decía Paul Watzlawick “los caminos errados se declaran como tales cuando uno los pasa”.
Pero hay un detalle más en este cuento de azares y pesares en donde no sólo el diablo, sino también el Mercado, metió la cola. En 1982 las compañías químicas vendían los 5 mgs de MPTP a 11 dólares, para 1986, donde la demanda de MPTP para investigación había crecido enormemente, los 5 mgs. costaban 9500 dólares.

Actos de Dios

No es que me haya vuelto repentinamente creyente (aunque considerando que estamos en vísperas de Iom Kippur podría hacer una excepción), pero hace un tiempo firmé un contrato con una importante compañía multinacional y en uno de sus artículos, más exactamente el 19.1 sobre Fuerza Mayor, dice lo siguiente:    ” Ninguna de las Partes del presente será responsable por el retraso en el cumplimiento de sus obligaciones bajo el presente Contrato o la falta de cumplimiento de las mismas cuando el mismo resulte de un hecho fuera de su control (condición de “Caso Fortuito o Fuerza Mayor”), incluyendo, pero sin limitarse a, actos de Dios, caso fortuito, huelgas y otras paralizaciones de labores de alcance general, guerra, conmoción civil…etc”.

O sea, es decir, a ver…los abogados evidentemente saben algo que yo no sé, o mejor dicho: TIENEN LA CERTEZA DE QUE DIOS EXISTE!!!!, la tienen más clara que los curas, rabinos, imanes y demás Ejecutivos de Venta del Cielo en la Tierra, no?.

La tienen tan clara que la ponen en un contrato de servicios, puede haber una huelga, una guerra…o Dios mismo impidiéndonos cumplir con lo establecido legalmente. Casi me siento honrado y habiendo encontrado mi lugar, ya no en la Tierra, sino en el Cosmos, puedo violar el contrato y descargar la responsabilidad en El.

Claro, salvo que el acto de Dios al que se refieren sea que me caiga un rayo divino y nada de desligar responsabilidades, más bien a dar explicaciones arriba mismo…mejor opto por cumplir el contrato.