Todos los días son miércoles

Fue hace más de tres años, pero me acuerdo de esa noche como si hubiera sido la de ayer. Llovía como para limpiarnos de todos los pecados y llegué a su casa inundado, puteando al piloto y al paraguas. Había sido un domingo con un clima poco amable, fresco y húmedo, y terminaba a toda orquesta. La cena del sábado fue en un restaurant al que no habíamos ido antes, la comida estuvo bien, pero no trascendental. Nuestra conversación tampoco lo fue. Dormimos en mi casa, la cama parecía haberse agrandado. La noche siguiente me recibió en la puerta de su departamento con el beso y la sonrisa habituales. Amaba su sonrisa tanto como la amaba a ella. Mire que hay sonrisas en el mundo, pero nunca conocí una como la suya, yo hubiera sido capaz de entregar hasta la camiseta de Boca si me lo pedía sonriendo. Últimamente nos veíamos con menos frecuencia y eso que habíamos convivido durante diez años, hasta que decidió que era mejor seguir juntos, pero separados, o algo así. No me gustó, aunque acepté, es que la hubiera seguido hasta el peor de los infiernos, supóngase la Batalla de las Ardenas o la de Stalingrado. Yo soy así qué quiere que haga, me equivoco y suenan trompetas, tambores de guerra y timbales, no me equivoco tibiamente. Cuando se mudó pasaron quince días sin que nos viéramos, fue la primera vez en doce años que no nos veíamos por tanto tiempo y eso que se había mudado a dos cuadras de casa, o sea, de la que había sido nuestra casa. La primera salida que hicimos fue también un domingo, era el día del padre y me invitó a merendar. Yo estaba triste, enojado, ofendido y aún muerto de amor por ella, ¿vio? Un encuentro raro, doce años y quince días después y como volviendo al principio, aunque no. A veces suelo pensar que la vida es concéntrica, damos vueltas por el mismo eje, pero en distintos círculos. No está mal esa idea, por ejemplo permitiría explicar el fenómeno del deja vu. O sea, usted está viviendo una situación que cree haberla vivido anteriormente, y es más o menos eso, lo que pasa es que está pasando por allí, pero en otro círculo. Parece que me estoy yendo de tema y todo lo que venía a contarle es lo que pasó aquella noche y que me persigue hasta hoy. Y claro, como esta no es una de esas historias de amores trágicos, de amantes suicidados o asesinados, lo que era extraordinario se convierte en costumbre y las rutinas de antes se vuelven extrañas poco a poco. La primera vez que volvimos a hacer el amor lloré, pero lloré de verdad, digo, no es que se me hizo un nudo en la garganta y me lagrimearon un poco los ojos, no, lloré llorando, ¿cómo quiere que se lo diga? Dormir juntos pasó a ser un hábito reservado a los fines de semana o a algún viaje, lo mismo con los desayunos. Cenar era algo más frecuente, pero tampoco todos los días, lunes y martes ni siquiera nos veíamos. Después tampoco los miércoles porque una vez me dijo que no fuéramos tan esquemáticos y rígidos con nuestros encuentros, que no se sentía cómoda así, que si se daba, bien, sin presionarlo. De manera que los miércoles pasaron a ser un día comodín, tal vez nos veíamos, aunque preferentemente no, así demostrábamos lo flexibles y abiertos que éramos. Que decía ser ella, yo no. Quizás esté equivocado, pero cuando usted ama, hay cosas que no puede negociar, y eso no significa encadenar a la otra persona o ser inflexible, significa que va a pelear por lo que siente, va a ser una lucha impiadosa: no se toman prisioneros. No debería existir que no nos veamos los miércoles, pero, como le dije antes, cuando la pifio es apoteósico, y le acepté también que no nos viéramos los miércoles. No lo quiero aburrir, así que de un salto en largo voy a ir a esa noche. Nos habíamos despedido luego del desayuno y nos reencontramos para la cena, ya le comenté como me recibió y que yo estaba pasado por agua. Había preparado un peceto al horno con puré de calabaza. Me gusta el peceto, pero hasta ahí, no es algo que elegiría en un restaurante ni tampoco se me ocurriría hacerlo. No es un plato para agasajar a nadie, es como una comida de compromiso, sin gracia, cero glamour, para llenar el estómago y chau. Mire, no digo que no estuviera rico, ni que no se hubiese esmerado en hacerlo, pero la gente que ofrece peceto es porque está tramando algo, se lo digo con conocimiento de causa. No va a enamorar a nadie cocinándole peceto, no lo hace para resolver problemas ni como preámbulo a una noche apasionada, nada de eso. Es solamente un peceto, no califica ni con el mejor Malbec. ¿Sabe qué es lo que hay que hacer?: milanesas con puré de papas, y me pongo de pie cuando lo digo, porque esa es la Reina de la Noche, la Madre de todas las Batallas, una buena fuente de milanesas. Lo ideal sería que fueran fritas por supuesto, pero como ya no estamos para soportar eso le concedo que sean al horno. Pero milanesas, nunca peceto. Usted va por las milanesas y toca el cielo con las manos, ellas no lo van a traicionar, no son taimadas, el peceto sí, porta malas noticias, yo sé porqué se lo digo. A mí me pasó, yo comí ese peceto al horno con el puré de calabazas y después le escuché decir que ella no era feliz y creía que yo tampoco. Créame que esas cosas con una buena fuente de milanesas no pasan. Así que nuestra última cena fue con peceto, el mensajero de los pérfidos augurios, una comida desangelada en una noche lluviosa y otoñal de domingo. Nunca más volví a comer peceto, a quién se le ocurre existiendo las milanesas, la mejor amiga de todas las emociones, incluso cuando todos los días se transforman en miércoles.

Aquél domingo era siete de mayo, imposible olvidarme de esa fecha, la llevo grabada a fuego en la piel como en una yerra. Cada siete de mayo recuerdo aquél otro. Pero finalmente le encontré la vuelta. ¿Sabe lo que pasó el siete de mayo de 1824? Beethoven estrenó su Novena Sinfonía en el Teatro de la Corte Imperial de Viena. Esa obra es uno de los motivos que justifican la existencia de la humanidad. Cuando la compuso ya estaba completamente sordo.

A veces la sordera tiene resultados asombrosos.

2019

Las cosas temidas, si se apartan de nosotros, al ser nombradas regresan, porque confunden la mención con el llamado. Lo dice Antonio Di Benedetto en El Silenciero y pienso entonces que hay cosas temidas, que se pueden apartar de nosotros , que tienen – al menos – dos formas de volver: las mencionamos o las llamamos y que ellas no pueden distinguir una acción de otra.
Y como los poetas (cualquiera que escriba con arte y desgarro) pueden ver lo que nosotros no, voy a darle la razón.
Voy a asumir que hay cosas que temo, que algunas me acompañan y otras se apartaron y que de estas, en ciertas ocasiones, nombré a una o dos o más. Y claro, lo dicho, las tontas no distinguen y golpean la puerta.
O atropellan sin aviso. Se vuelven a acomodar, aunque no llamadas, reconocen su lugar.
Entonces ahí va uno, durmiendo con un ojo abierto, no sea que lo temido ocupe más espacio del asignado.
O no sea que lo temido, por mandato de esas paradojas que nos trae la vida, sea la verdadera fuerza que nos impulsa hacia adelante. Aquello que se desliza y susurra mientras el sueño nos envuelve, aquello que nos hace abrir la puerta, aquello que nos hace mirar de frente y hacia el frente. Lo que nos mueve de aquí para allá, aunque aquí se estaba más mullido que allá. Aquello que – y no me contradigo – apacigua nuestra carrera, porque sabe que los ríos profundos fluyen lentamente.
Creo que voy a mencionar o llamar a mis cosas temidas, como las convoque es indistinto, te recuerdo que ellas no distinguen. Y cuando se presenten, porque se van a presentar, voy a aceptar el reto y voy a mirar hacia el frente.
Que tengas un buen año y que puedas aceptar.

El Tipo que Mira

 

 

 

Una pareja camina delante de mí. No los vi de frente, podría pasarlos pero decido que no. Sólo camino detrás viendo cómo se bambolean. Sin ser demasiado injusto o cruel, mirados desde atrás no parecen muy agraciados. Ninguno de los dos. Ambos tienen sobrepeso, por decir lo menos. Y ella notoriamente más que él. Como tienen esos kilos extra su andar es casi torpe o payasesco, cada tres pasos sus caderas se chocan y hacen esfuerzos para mantener la vertical y no sucumbir a la ley de gravedad. No parece importarles, en rigor creo que ni se dan cuenta del espectáculo. Acaso voy disfrutando este momento y pienso: menos mal que ustedes son ustedes y yo soy yo. Y si continúo con mi análisis estoy seguro que sólo mi cinturón cuesta más que toda la ropa que él tiene puesta. Hablando de la ropa, ¿cuánto hace que no la lavan? ¿o lo hacen a propósito? Porque ahora que me fijo, el pelo de ella parece bastante sucio también y cortado como a machetazos. El de él sin embargo no, rapado abajo y a los costados y más largo arriba, se nota que es un corte trabajado, berreta y grasa, pero trabajado. Caminan muy juntos pero él le habla a los gritos, no estás en la cancha me dan ganas de decirle. A ella, él le debe parecer gracioso porque no para de reírse y su risa es estrafalaria, maníaca diría mi analista, aunque sólo a mí me llama la atención esa escena, los demás transeúntes con los que nos cruzamos ni se inmutan. Ella lleva puestos unos zapatos con plataforma de corcho, o eso me parece. Deben ser como diez centímetros de plataforma y, gracias a eso, ella queda más alta que él. Flaco favor le hacés, pienso, ni siquiera le dejás el beneficio de la altura. En el lóbulo de la oreja derecha él lleva un aro, en la otra no, aparentemente es una cruz pero no alcanzo a distinguir bien y, como gesticula espasmódicamente, no tengo manera de asegurarlo. De oro no es. Ella usa jeans marca Furia. Deben estar agujereados en las rodillas, pero el agujero que tiene justo por debajo de la nalga no debe ser a la moda. Las zapatillas de él son ¿estridentes? no, fosforescentes, un anaranjado para sobrevivir en la alta montaña.

Ahora los dejo o más bien los dejo seguir su camino, porque llego al pub donde todos los lunes a las siete de la tarde me tomo una cerveza. A las ocho tengo terapia y hago la previa con una pinta. Me gusta el lugar en este día y a esta hora porque suelo ser la única persona aquí. No tengo que soportar ninguna conversación estúpida o desaforada o ambas cosas de las mesas de al lado y el flaco de la barra ya sabe qué me gusta tomar. Todos los que trabajan en el pub son venezolanos, pasamos de importar bolivianos y paraguayos, a venezolanos. Si seguimos así, en algunos años más llegamos a los canadienses. En ése caso espero que sean los francófonos, para ganar en elegancia. Mientras tanto, seguimos con los hermanos latinoamericanos. Deben tener prohibido poner cumbia o reggaetón, un poco de sentido común persiste. Caso contrario no contarían con mi presencia. Imagino el día del Juicio Final con música de cumbia. Pero hoy antes de entrar al pub miro a la pareja por última vez y noto algo a lo que no le había prestado atención antes y eso que los caminé durante unas cuantas cuadras. Las manos. Están agarrados de las manos y creo que nadie podría separarlos.

Así

Todo eso que sale de tu boca en forma de palabras

(como si fueran palabras)

tiene contorno, pero no tiene contenido,

¿Te acordás? en una época nos hablábamos

y el lenguaje no mezquinaba emociones.

Entonces las palabras estaban llenas.

Un año y 1460 días

 

 

Ella lo llamó y le propuso verse en el bar de siempre. Hacía cuatro meses que no se veían. Él llegó cinco minutos tarde, ella ya estaba allí.

-Hola-dijo ella, aceptando cálidamente el beso en la mejilla de él.

-Yo tenía una compañera de viaje-disparó él sin prólogo –la mujer que más amé en mi vida. Con todos mis defectos la amé incondicionalmente y en realidad todavía la amo. Ella nunca me hubiera traicionado, ni despreciado, ni ignorado. No sé qué pasó, nunca la volví a ver. No creo que pueda amar a una mujer como la amé a ella, le entregué mi alma (y sabés que no creo en la existencia del alma), la voy a llevar por siempre en mi corazón. Donde sea que esté, le deseo la más hermosa de las vidas. ¿Vos?, no sé quién sos vos, porque vos hiciste todo eso que ella nunca hubiera hecho.

Él se levantó y se fue, esta vez no saludó. Y así terminó ese último encuentro. Tres minutos duró.

La Fiesta de Jana

¡Llegó carta de Jana! El grito de Simón resonó por toda la calle, que es lo mismo que decir que había resonado por todo el pueblo. Eso es lo que pasa en los pueblos que tienen una sola calle y algunas casas desperdigadas aquí y allá. Los abuelos, los padres, los tíos, los hermanos y los primos de Jana se reunieron alrededor de la carta. En realidad alrededor de Simón, quien fue el encargado de traerla y de leerla. Aunque la lámpara de aceite apenas iluminaba la habitación (la única iluminación eléctrica estaba reservada para el Templo), Simón tenía buena vista y no tuvo problemas para contarle a la familia lo que Jana quería contarles. La extrañaban, claro, pero ¿cómo no iban a estar felices que ella estuviera en un lugar donde comía tres veces al día? Si hasta había conseguido un trabajo a las pocas semanas de llegar allá y estaba viviendo en la casa del tío Aarón, que ya hacía cuatro años que se había ido. Es cierto que Jana había tenido que acostumbrarse a algunas costumbres exóticas. Trataba de descifrar un idioma que se la hacía bien difícil y leer los carteles en las calles aún seguía siendo una tarea casi imposible. Pero estaban felices y nadie en la familia dudaba que Jana iba a poder cumplir con su promesa: algún día iba a volver casada, con su esposo y su hijo, y con la plata suficiente como para ayudar a toda la familia. En honor a Jana los abuelos decidieron que aquella sería una gran noche de festejos. Sacrificarían dos pollos, el doble de lo acostumbrado por semana, y harían una cena inolvidable, casi como en las Sagradas Fiestas. Simón y dos de los primos tomaron sus instrumentos y la música comenzó a mezclarse con el aroma de los pollos que la abuela estaba cocinando. Él había heredado el violín de su abuelo y nadie entendía cómo llegó a tocarlo de esa manera sin haber tomado ninguna clase. Era el violinista más exquisito que se podía encontrar entre todos los pueblos de alrededor. La tía Risha, como siempre, se encargó de las ensaladas, su especialidad, y al poco tiempo volvió con tres de sus más elaboradas creaciones, la de papa, cebolla y ajo era la más codiciada de todas. El vino quedó a cargo del abuelo, guardaba en un pequeño desván algunas botellas para ocasiones especiales. Y si esta no era una ocasión especial ¿cuál podía serlo? La única calle del pueblo fue invadida por esa fiesta, merecida fiesta.

Quizás fue por esa mezcla tan única de música, comida y felicidad, que nadie escuchó los motores de los aviones alemanes que se acercaban y, por supuesto, nadie escuchó las bombas. La primera de ellas, justamente, cayó en la cocina de la abuela.

El asesino está enamorado o un texto lleno de esperanza hasta que al final algo falla

 

 

Era la primera vez que ella venía a casa. Me tomé la tarde libre para preparar todo y que fuera perfecto. Fui al supermercado y elegí el corte de carne que le gustaba, el vino que nos gustaba a ambos, la rúcula, los tomates cherry y el queso parmesano para la ensalada que le gustaba a ella. Esta vez compré un aceite de oliva importado, me salió carísimo pero ella venía a cenar a casa por primera vez. Limpié el departamento a fondo, puse en la cama mis mejores sábanas (casi no tenían uso porque siempre las guardé para una ocasión especial). Prendí unos inciensos de vainilla, su gusto preferido. Preparé la comida con una dedicación que me desconocía. En cuanto a la música, no puse jazz – hubiera sido mi elección natural – porque sabía que no le gustaba. Decidí esperar a que ella eligiese lo que íbamos a escuchar. Llegó veinte minutos más tarde de lo que había dicho, estaba tan linda y tan simple que se me hizo un nudo en la garganta. Recorrió el departamento, apreció y agradeció el aroma a vainilla, tenue pero presente. Miró la carne en el horno y la ensalada que ya estaba lista sobre la mesa del comedor. Serví dos copas de vino, brindamos y nos besamos, tal vez con poca gracia porque aún sosteníamos las copas, pero con amor indomable, Eligió un disco, me abrazó y bailamos. Sentir su brazo en mi espalda y su cabeza apoyada sobre mi hombro fue lo más cercano que estuve nunca del Paraíso.

Y entonces creo que fue allí, más o menos un minuto antes de que terminara la canción, cuando le clavé el cuchillo en el estómago y no se lo saqué hasta que le llegó al corazón.

ME

25/02/18

2018

“El resto de su tiempo lo consumía en una liturgia de costumbres que conseguía preservarle de su infelicidad. De vez en cuando, en los días de viento, bajaba hasta el lago, y pasaba horas mirándolo, puesto que, dibujado en el agua, le parecía ver el inexplicable espectáculo, leve, que había sido su vida.” Este es el último párrafo de la novela Seda, de Alessandro Baricco (de lectura casi imprescindible). La había leído años atrás y la acabo de releer y redescubrir. En esos tres renglones hay un mundo de imágenes que, asociadas a este momento de fin de ciclo, me conmueven, o sea, me inquietan y me enternecen, porque conmover significa tanto lo uno como lo otro.

Hervé Joncour –el personaje en cuestión- define su vida, hacia el final de su vida, como un espectáculo leve e inexplicable, y la ve transcurrir en el agua mecida y estremecida por el viento.

No sabría decir cuán inexplicable es, para cada uno de nosotros, su propia vida. Apenas me atrevería a conjeturar algunas explicaciones sobre la mía hasta el día de hoy y a riesgo de que, explicándome, sólo logre desenterrar misterios que creía sólidamente aclarados, o encontrarme con espacios que se abren más allá de lo permitido por las leyes de la geometría y donde me perdería sin retorno.

Y sin embargo… ¿qué pasaría si, efectivamente, la felicidad, o preservarnos de la infelicidad como en el caso de Joncour, no fuera sino vivir una vida leve? No otra cosa sino la soportable levedad de la vida.

Felicitas, en latín, significa tanto felicidad como fertilidad, nada más igual a la vida que este concepto. Parece que somos el fruto obvio de la fertilidad y, por lo tanto, de la felicidad. ¿Lo somos?, ¿lo sabemos? Creo que nos hemos acostumbrado a ver la densidad de las cosas, a hacer de nuestras jornadas travesías agobiantes. Pero al final, como dijo alguien, todo es menos importante de lo que parece. Déjenme enfatizar, cuando digo “todo” es verdaderamente todo.

Incluso la misma felicidad debería ser parte de la ligereza de la vida. Como si nos pudiéramos acercar a ése lago en el que el viento dibuja nuestra historia y –ahuecando una mano- tomáramos un poco de agua, es decir un momento que hemos vivido, y sintiéramos que tenemos algo parecido a la nada entre los dedos. La inevitable levedad de la felicidad.

QUE TENGAS UN BUEN AÑO, UN AÑO LEVE

marcelo ekman

SEDA (breve reescritura desfragmentada)

Era, por lo demás, uno de esos hombres que prefieren asistir a su propia vida y consideran improcedente cualquier aspiración a vivirla. Habrán observado que son personas que contemplan su destino de la misma forma en que la mayoría acostumbra contemplar un día de lluvia.

Había llegado a la conclusión de que el problema no podía ser resuelto, sino que debía ser evitado.

Tenía un montón de cosas que contar. Pero lo que le dijo Baldabiou, cuando se quedaron solos fue

-Hablame de los delfines.

Era como tener la nada entre los dedos.

Los productores de seda de Lavilledieu eran, quien más quien menos, gente de bien, y nunca habrían pensado en infringir ninguna de las leyes de su país. La hipótesis de hacerlo en la otra punta del mundo, sin embargo, les pareció razonablemente sensata.

Aquella muchacha continuaba mirándolo con una violencia que imponía a cada una de sus palabras la obligación de sonar memorables.

Vio a su mujer que corría a su encuentro y notó el perfume de su piel cuando la abrazó, y el terciopelo de su voz cuando le dijo

-Has vuelto

Dulcemente

-Has vuelto.

Tenía los labios entrecerrados, parecía la prehistoria de una sonrisa.

Nadie parecía verlo y nada parecía ver él. Era un hilo de oro que corría recto en la trama de una alfombra tejida por un loco.

La amó durante varias horas, con movimientos que nunca había hecho, dejándose enseñar una lentitud que desconocía.

Abandonaron la pequeña villa con añoranza, puesto que habían llegado a sentir, entre aquellos muros, la suerte de amarse.

Tenía tras de sí un camino de ocho mil kilómetros. Y delante de él la nada. De repente vio algo que creía invisible.

El fin del tiempo.

Había quien decía: Tiene algo dentro, una suerte de infelicidad.

-Ni siquiera llegué a oír nunca su voz.

Y al cabo de un momento.

-Es un dolor extraño.

En voz baja.

-Morir de nostalgia por algo que no vivirás nunca.

Era sorprendente pensar que, por el contrario, eran signos, es decir: cenizas de una voz quemada.

no abras los ojos y tendrás mi piel.

hasta que al final te bese en el corazón, porque te deseo, morderé la piel que late sobre tu corazón

Lo que era para nosotros lo hemos hecho, y vos lo sabés. Creeme, lo hemos hecho para siempre. Preservá tu vida resguardada de mí. Y no dudes un instante, si fuese útil para tu felicidad, en olvidar a esta mujer que ahora te dice, sin añoranza, adiós.

De vez en cuando, en los días de viento, Hervé Joncour bajaba hasta el lago y pasaba horas mirándolo, puesto que, dibujado en el agua, le parecía ver el inexplicable espectáculo, leve, que había sido su vida.

No estaba hecho para las conversaciones serias. Y un adiós es una conversación seria.

¿Sabe Señor?, yo creo que ella hubiera deseado, más que cualquier cosa, ser aquella mujer. Usted no puede comprenderlo. Pero yo la oí leer aquella carta. Yo sé que es así.

Él narraba despacio, mirando en el aire cosas que los demás no veían.

El resto de su tiempo lo consumía en una liturgia de costumbres que conseguía preservarle de su infelicidad. De vez en cuando, en los días de viento, bajaba hasta el lago, y pasaba horas mirándolo, puesto que, dibujado en el agua, le parecía ver el inexplicable espectáculo, leve, que había sido su vida.

 

2017

 

Esta impensada crónica relaciona a un político, escritor y arquitecto inglés del siglo XVIII con tres príncipes de Ceylán,  con la escritora Mary Shelley y con una droga, el citrato de sildenafilo que, en forma de pastillita azul y el ingenioso nombre de Viagra (una mezcla de la palabra latina para “fuerza” y la palabra en sánscrito para “tigre”) logró transformar una malograda investigación médica en uno de los mayores éxitos de la industria farmacéutica.

Empecemos por el final, científicos del Laboratorio Pfizer buscaban un medicamento para tratar la hipertensión arterial y la angina de pecho, fracasaron en dicho intento pero observaron un curioso efecto no buscado: la droga producía notables erecciones peneanas. Pfizer lo patentó como un medicamento para tratar la disfunción eréctil y, desde su lanzamiento comercial en 1998 hasta hoy, es uno de los remedios más vendidos del mundo.

Horace Walpole, IV Conde de Oxford era hijo de un Primer Ministro inglés y primo del Almirante Nelson. Su obra literaria más importante, El Castillo de Otranto, es reconocida como la novela que inauguró el género de terror gótico, uno de cuyos hijos dilectos es – por supuesto – Frankenstein o El Moderno Prometeo (tal su título completo), escrito por Mary Shelley en una de las noches más extrañas de la historia de la literatura (pero esa es otra historia). Además de sus obras de ficción y de varios ensayos, Walpole dejó una profusa correspondencia y en una de sus cartas acuñó el término “serendipity” (serendipia o serendipidad en español), refiriéndose al momento en el que encontramos algo cuando buscábamos otra cosa, un hallazgo fortuito que cambia el curso de los acontecimientos (no es que encontramos el título del auto, perdido hace varios años, mientras buscábamos la constancia del último pago de expensas).

Walpole tomó el término de un antiguo cuento infantil Los Tres Príncipes de Serendip, una lejana tierra asociada con Ceylan (hoy Sri Lanka). Los tres príncipes, hijos del rey Giaffer, son reconocidos por su astucia, sagacidad y sabiduría. Para continuar con su educación, el rey los embarca en un viaje cuyas aventuras y razonamientos los convierten en algo así como los primeros detectives de la ficción. De Serendip a serendipity porque en el camino hallaron lo que no buscaban.

Vivimos en serendipia más de lo que creemos, la ciencia desborda en sucesos como el de la pastillita azul (los rayos X, la penicilina, la vacuna antirrábica…). Colón se “chocó” con lo que es hoy América buscando las Indias. Yo mismo, mientras buscaba otro tema para este relato, encontré que Walpole nació en 1717, es decir que en 2017 se estarán cumpliendo 300 de su nacimiento y, dicho sea de paso, murió en 1797, el mismo año en que nació Mary Shelley, cuyo “monstruo” surgió posiblemente en una noche de serendipia en la Villa Diodati, en Ginebra.

Pienso que ninguna búsqueda es infructuosa y que todo hallazgo nos enaltece.

FELIZ AÑO

marcelo ekman